Hace ya mucho que no pensaba sobre esto. Hace ya mucho que lo borré de mi memoria y pasé página. Sin embargo hoy, a la luz de la luna y sentada frente a los árboles en la preciosa montaña dónde está la guarida he sentido la necesidad de analizarlo.
Y es que hoy he recordado demasiadas cosas. Yo nunca hablo de esto. Ha venido una amiga de Lidia. Hablaban de su agencia, de la gente, de los clientes, de las relaciones con ellos y he recordado aquella época porque yo, antes de trabajar como profesora de la universidad, también trabajé en una agencia.
Y era feliz, aunque he de reconocer que el trabajo tampoco me satisfacía totalmente. Era joven, quería probar otras cosas… El día que llegué a Gandía, mi primer destino y, posteriormente, el de Lidia y Candela, lo vi. Era alto, guapo, interesante,…
- ¿Quién es ese? Me acabo de enamorar. Le comenté a mi nueva compañera que me miró sorprendida.
- Viene mucho, es un buen cliente.
Poco a poco me fui ganando su confianza. Era yo quien se ocupaba de sus cuentas, quien se reunía con él y la que fantaseaba al llegar a casa.
Estrella, una de mis mejores amigas de Valencia, está convencida de que si piensas en un hombre intensamente le traspasas esa energía, aún en la distancia, y él llega a sentir lo mismo. Decidí probarlo con él. No lo he intentado nunca más.
A veces, al llegar a casa, en aquel piso solitario, fantaseaba durante horas mientras tomaba un relajante baño acompañado de Martini y un cigarro (o unos cuantos).
Cada vez teníamos más intimidad.
Luis no era, para nada, del tipo de hombres por los que yo me suelo interesar. A mí me van los heavy, morenitos, despreocupados… él era todo lo contrario. Pero cada vez me gustaba más.
El día que me trasladaron me sentí feliz. Me acercaban a Valencia y además me ascendían. Era perfecto y, aunque ya no lo vería más, sabía que pronto lo olvidaría.
Cuando entró en mi despacho estaba triste. No sé quien le dio la noticia.
- Ven a trabajar conmigo.
No podía creer lo que escuchaba. ¿Qué podía hacer yo en un despacho de economistas?
- Lo centralizaremos todo y compartirás despacho conmigo. Te doblo el sueldo, te hago fija… y si no… por favor dame tu teléfono, no quiero perder el contacto contigo.
Me trasladé pero al cabo de una semana decidí aceptar su oferta. Fue una mala decisión. Aunque ahora, a la larga, pienso que en caso contrario nunca hubiera dejado la agencia, no hubiera acabado el doctorado, no sería profesora, no tendría estas vacaciones ni mi horario… En realidad, mirando con perspectiva, acerté.
Y el tiempo fue pasando, y las cosas. Al principio todo iba a mejor. A Candela y a Lidia las trasladaron a Gandía. Alquilaron un piso en mi urbanización y nos convertimos en vecinas. Nuestra vida social era cada vez más amplia y todos los días nos juntábamos en algún bar al salir de trabajar a tomar unas cervezas, reír y soñar. Más gente se nos fue uniendo.
Luis cada vez llevaba peor mi afortunada vida.
No os he comentado que él tenía novia. Una novia escondida, de la que apenas hablaba y, cuando lo hacía era sin cariño alguno. Pero yo sabía que ella existía.
Una noche, en una fiesta y algo borrachos me dijo:
- Tú eres muy libre y, aunque ahora me quieras, cuando me conozcas me abandonarás. Por eso no puedo dejarla.
En aquel momento sabía que se equivocaba. Yo lo querría siempre. A día de hoy pienso que fue listo. Lo hubiera dejado.
Era demasiado recto, demasiado sereno, demasiado casero. Era serio, envidioso, inseguro… nada que ver con el hombre del que yo creía haberme enamorado. Su novia no tenía estudios, trabajaba en un taller y había pegado un braguetazo. Nunca lo abandonaría. Yo, sin embargo, tenía aspiraciones y nunca me importó demasiado su dinero. (Tampoco le hubiera hecho ascos, seamos sinceras).
Nuestra relación empeoró. A mí me seguía atrayendo, él lo sabía y lo aprovechaba. Recuerdo un día, y aún me excito al recordar, que acercó su silla a la mía, me estaba explicando algo, me arrinconó junto a la pared y acarició mis dedos con los suyos sobre el ratón. Su mano izquierda se apoyaba en mi silla, muy cerca de mi hombro. Sentía su respiración. De repente sonó su teléfono. No lo cogió. Siguió en la misma posición, cada vez más cerca. Entonces sonó el mío. Sonreí mirándole a los ojos y con la mano izquierda, sin separar la derecha de la suya y del ratón, descolgué el auricular.
- Necesito hablar con Luis. Era la voz de la recepcionista. ¿Sabes dónde está?
- Si, espera, se pone.
Y lo cogió con la derecha. Hice ademán de apartarme, rodando la silla hacia atrás. Me cogió fuertemente, se acercó más.
- Tú no te mueves de aquí.
Y habló durante un rato a unos centímetros de mí, sin parar de mirarme, respirando a mi lado… aún no sé cómo pude resistir. Tampoco sé como cesó esa situación. Solo sé que no pasó nada, al final nunca pasaba nada.
Y yo cada vez me sentía peor.
Meses más tarde decidí cambiar de piso.
- Me voy a vivir con los chicos. Le informé un día.
La decisión ya estaba tomada pero quería ver su reacción. Llevaba semanas diciendo que dejaría a su novia, que esperara, pero nunca lo hacía. Es más, le había dado por hablar con ella a mi lado y comentar las posturitas del fin de semana. Cuando colgaba me miraba y me decía que le buscase una casa en Gandía que quería vivir allí y quedar más y compartir mis andanzas.
La situación empezaba a resultar insostenible.
- ¿Con los chicos?
Los chicos eran mis amigos. A Pablo lo conocía desde que éramos niños. Nos habíamos criado juntos, en Valencia y hacía poco que se había trasladado allí. Mario era un hombre guapísimo que cubrió mi puesto en la agencia cuando yo la abandoné. Hicimos buenas migas desde el principio (cuando me avisaron del traslado me dieron unos días para pasarle todas mis cuentas con calma y que no se notara mi marcha). Nunca habíamos perdido el contacto. Es más, era uno de los habituales en las cervezas post-trabajo. Luis se moría de celos.
- Hemos encontrado un precioso bungalow y vamos a compartirlo. Yo viviré en la planta de arriba. Mi terraza, mi baño y una habitación. Abajo estarán ellos, y la cocina y el salón compartidos.
- No te vayas. Busca una casa que te guste. Yo la compro.
La oferta llegaba tarde. Por aquellos entonces ya estaba demasiado dolida con él. Mi decisión era irrevocable.
Luis no lo soportó.
¿Lo último que le permití decirme?
- Desire, necesito que dejes de ser feliz, no puedo soportarlo.
Ni siquiera contesté. Mi mirada lastimosa y sorprendida, dolida e indignada se lo dijo todo. Según salió de la habitación corrí al baño y comencé a vomitar.
Me fui a casa y nunca más volví. Primero una baja por depresión, más tarde conseguí que me despidieran.
Pero el tiempo lo cura todo y ahora soy muy feliz. Valoro más las cosas, mi libertad. Valoro mi trabajo, me siento plena. Adoro mi empresita y los momentos como este en que, sentada en la terraza de la guarida, escasamente alumbrada por la luna y la pantalla del ordenador, puedo respirar tranquila y sentarme a recordar sin derramar una sola lágrima.
Y sé que me hizo un favor porque me motivó a continuar estudiando, a luchar por aquello con lo que ya antes había soñado. Me hice fuerte, sopesé y, sobre todo, no me estanqué.
Y a día de hoy, mi querido Luis, puedo incluso darte las gracias.