By Lidia
Siéntate, cálmate, piénsalo bien. ¿Qué es lo que te pasa? Eso mismo me preguntaba yo. ¿Por qué? ¿Qué no te gusta de tu vida? ¿Qué te gustaría cambiar? ¿Todo o nada?
Solo intentar responder esas preguntas me asustaba. Me asusta mucho. ¿Y si la respuesta que encuentro es la errónea y arruino todo lo que tengo?
Tanto tiempo con la misma persona, una vida en común, con sus alegrías y sus tristezas. La casa, el coche, los amigos, la compra… en fin, tu pequeño mundo. Ese es el sitio donde nos acomodamos porque nos sentimos protegidas. Pensamos algunas veces que todo es perfecto, otras que algo falta, pero en fin… es lo único que conocemos. Caemos en una rutina que nos arrastra día a día casi sin darnos cuenta.
Esta es mi historia. Levantarte cada mañana igual y sentir que me muevo a los sitios y hago las cosas por inercia. ¿Es eso lo que quiero? Lo primero que piensas es “será la crisis de los treinta”. Mi cuerpo me pide locura, emociones y volver a sentirme como si fuera a cumplir otra vez veinte. Sales más, bebes mucho más…
Empecé a salir sola con mis amigas más a menudo, sin mi pareja. ¿Qué buscaba? Ahora ya lo sé. No me lo había preguntado hasta ahora pero una vez que la respuesta te ha dado en la cara ya no te queda de otra.
Una noche salí y conocí a un chico estupendo. “Que majo” pensé al principio. Y conforme pasaban los minutos y hablábamos más, pasó de ser majo a muy majo. Él sabía que tenía pareja pero no le importaba, verdad o mentira, me dijo que solo quería disfrutar de una conversación animada. No intentó nada, bueno sí, un beso, pero sin mucho éxito. Yo me sentía realmente atraída por él, y aún lo estoy. Era muy interesante. Lo recuerdo guapo, con una sonrisa encantadora y sobre todo muy aventurero. Era un hombre de mundo. Y yo, aunque no soy una santa, solo soy una chica de ciudad. En esos momentos desee que el mundo se parase y quedarme allí con él. No me acordé de mi novio, en casa durmiendo. Ni siquiera se me pasó por la cabeza.
Al final de la noche me pidió mi número de teléfono y, aunque sabía que no debía, se lo di. Y lo peor es que no me arrepiento. Quería que no me fuese, pero al menos tengo el consuelo de que no me quedé. Aunque no fue por falta de ganas.
Al día siguiente me llamó, y me volvió a llamar. Me mandó varios sms y dejó mensajes en el buzón de voz. Quería volver a verme antes de irse de vacaciones durante tres semanas. Me sentí como la protagonista de una comedia romántica. Un chico estupendo quería verme otra vez.
Había quedado a cenar con una amiga y estuve tentada de cancelarla e irme con él. Al fin y al cabo mi novio pensaría que estaba con ella… ¡Era perfecto!
Me sentí mal, no porque lo hiciera, que no lo hice, sino por lo que me estaba planteando. No me importaba hacerlo. Si ni novio no hubiera estado en casa… ¿Hubiera ido? La respuesta es SI. Y aún, en parte, me arrepiento.
Me ha enviado varios sms más, y un par de e-mails, y sigue en su empeño. Yo quiero que deje de hacerlo, bueno, a veces, la verdad es que me entristece que no lo haga. ¿Soy yo quien propicio que sigamos en contacto? Probablemente. No, seguro que sí.
Desire y yo hemos intentado analizarlo y la verdad es que hemos llegado a varias conclusiones claras: El deseo de lo diferente en tu vida, de volver a sentir esa atracción sexual con otra persona, de poder montarte una super película de amor en alta definición… En fin, todas esas cosas que te saquen de la rutina que es tu vida y que un día, tiempo atrás, viviste.
Pero… ¿Hasta qué punto esto es realidad? ¿El otro chico siente lo mismo que tú? Puede ser que sí y puede ser que no. Por un lado a esa persona le encantaste y quiere verte porque le gustas, aunque sabe que la situación es difícil. Por otro lado, desde un punto de vista menos romántico… el chico probablemente solo quería echar un polvo y le da morbo que se lo pongan difícil. Puede que después de ese polvo ya no lo vuelvas a ver…
Y… frente a estas dos posibilidades ¿qué haces? Aún no lo sé.